“Jamás lo escuché quejarse, culpar al empedrado o referirse con rencor de alguien. Odiaba la mediocridad y frivolidad. Nos exigía muchísimo, pero siempre menos que a sí mismo”, apunta el abogado.

“Un hombre con defectos, como todos, pero con muchas más virtudes que las practicaba a fondo. Pero entre ellas no estaba su inteligencia desbordante, como se suele pensar”, indicó.

“Su mayor virtud fue su pasión y alegría de vivir, avasalladora, imparable y, sobre todo, contagiosa. Nos insistía que en esta vida había que dejar huella y no cicatrices. Y él dejó innumerables huellas en su familia, en la sociedad y en quienes tuvimos el privilegio de acompañarlo en sus múltiples sueños”, apuntó.

“Para mí fue un amigo cariñoso, un jefe extraordinario y, junto a mi padre, la mejor escuela de vida que pude tener. Y por todo eso le voy a estar eternamente agradecido”, concluye Rivadeneira.